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Escriba lo que escriba...

Escribir cansa...por eso descanso escribiendo. Escribir marea...por eso me agarro de las orillas de las palabras. Escribir compromete... por eso me divorcio por renglones. Escribir duele... por eso compro analgésicos genéricos. Escribir ciega... por eso no pierdo de vista a las letras. Escribir aisla... por eso camino sobre cables de alta tensión. Y por eso,haga lo que haga, escriba lo que escriba, soy mis letras.
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Hacia un teatro político para la infancia

Ponencia presentada durante el IV Coloquio mundial de especialistas en dramaturgia infantil
Bogotá, Colombia, octubre de 2013


Quiero compartirles, no lo que ha sido la experiencia de escribir teatro para niños, sino lo que el teatro para niños puede lograr: Lo primero, cambiar un punto de vista… el mío propio. Quiero contarles lo que el teatro para niños ha cambiado en mi pensamiento como autora y, finalmente, compartirles mi tránsito desde lo que llamo el teatro de la evasión hasta llegar a pensar en la posibilidad de un teatro político específico para la infancia.

Sé que la sola enunciación de las palabras “teatro” y “política” parecieran un oxímoron, una suerte de contradicción chocante... pero si le sumamos la palabra “niño” o “infancia” aquello se convierte en una  obscenidad ¿Qué tiene que ver el teatro infantil, ese  inocente divertimento -"formador de valores", "útil herramienta pedagógica"- con la política?  ¿Por qué ensuciar con esa horrible palabra a tan  preclaro arte? ¿Para qué mover las aguas?  ¡Tan lindo que es ese mundo mágico al que solamente tienen boleto de entrada los colores, las hadas, los gnomos, la ecología, alguna bruja inocua y una que otra leyenda! ¿O será que esta idea del teatro infantil, la que ha prevalecido por décadas, es la que el adulto ha decidido que es la que mejor conviene a la infancia? ¿Y los niños? ¿Y sus necesidades? ¿Y los principios fundamentales en los que se apoya la Convención mundial? Papeles y letra muerta en las agendas culturales, gubernamentales, legislativas y educativas de los Estados… pero lo peor: las necesidades de los niños ignoradas en el teatro que se escribe para la infancia.

Y es aquí donde quiero comenzar con una suerte de proclama en pro de un teatro político para la infancia: El derecho del niño a la diversión, misma  que el adulto ha confundido como la obligación de proporcionar al niño mecanismos para la evasión.


Divertir no es lo mismo que evadir. La diversión transita el camino alterno de la cotidianidad para comprenderla mejor. La evasión evita confrontar la realidad, y lo hace desde la mentira. La mentira de un teatro que le promete al niño un mundo seguro y feliz… pero el problema con esta promesa es que, al terminar la función, al salir del teatro, la realidad estará afuera, esperándonos a todos, adultos y niños. Y de ella no nos libra ni la varita mágica del más grueso calibre.

En un mundo donde, según el informe de UNICEF, cada año, 275 millones de niños y niñas en el mundo sufren violencia en sus propios hogares, es decir, entre 4 y 8 de cada 10 niños según país que les toque vivir... ¿Con qué cara se escribe una obra en donde los padres son hadas y reyes que protegen a sus pequeños y todo es felicidad, canciones y flores? Esa es una suerte de traición, porque así como la televisión se lo hace a los adultos, el teatro estaría ignorando olímpicamente una realidad que duele y que se sufre con cifras indignantes. El teatro de la evasión se convierte en un mero distractor, en un teatro que no le habla al niño de lo que le sucede, de sus emociones más fuertes y profundas, y peor todavía: de lo que necesita saber para no volverse víctima.

Pero más deleznable que el teatro traidor, es la existencia de otro teatro al que no le importa hacerse cómplice de un sistema que somete y violenta. Un teatro que, por ignorancia, por flojera o porque sabiéndolo,  prefiere no meterse en problemas con los padres de familia, que son, a final de cuentas, los que pagan la entrada… o con maestros y autoridades, que son los que deciden qué obra deben ver los niños de acuerdo a las políticas culturales en boga o bajo los dictados de su propia moral.

Y entonces, nace el teatro sicario: una suerte de brazo armado de cierto sector del sistema educativo, más preocupado por ponerle una “palomita” al plan cumplido que por las necesidades de su alumnado. Burócratas felices en convertir a niñas y niños en obligados espectadores del peor teatro teñido de falsa pedagogía, repleto de mensajes edificantes que en nada le competen a la infancia: “Cuida a la naturaleza”… ¡qué enorme tarea la de hacerse cargo de cuidar los bosques, limpiar los ríos, no contaminar, usar sustentablemente la riqueza natural, etc, etc…!  Tan enorme que ni el conjunto de adultos que somos en el mundo, lo hemos logrado… ¡pero claro, siempre es más fácil lanzar la responsabilidad sobre los hombros de la generación en ciernes! “Cambia al mundo” le instruye este teatro al niño… y yo me pregunto ¿cómo?... ¿Lo hemos cambiado los adultos? Desde hace por lo menos tres  décadas tenemos ese discurso presente en la educación y en el teatro…y las cosas empeoran en la naturaleza.

La primera condición para cambiar al mundo es creer que se puede hacerlo y luego poner manos a la obra para cambiarlo. No podemos pensar en un cambio del mundo si se sigue educando a los niños para la esclavitud y el conformismo, para portarse bien sin cuestionar, para seguir los mismos patrones de conducta que nos han llevado al punto en donde estamos como sociedad, no se puede cambiar nada desde  continuidad de sistemas sociales inhumanos y totalitarios. El teatro no puede volverse cómplice de esto.

 El teatro sicario, además, se mueve en los cómodos territorios de los temas de moda en el ámbito escolar. Hace una década era el VIH y el aborto… lo de hoy es el bullying y las adicciones, que siempre venden. Y con el tinte de lo necesario, los temas se vuelven botín de este teatro, más preocupado por generarse recursos que por acudir a la niñez como su aliado. Temas, formas y vicios que se replicarán en el aula bajo la batuta de un maestro bien intencionado y preocupado que, también, creerá necesario hablar al niño de temas que edifiquen y “formen valores”  (A todo esto ¿qué valores? ¿Los de la clase gobernante? ¿Los que correspondían a las necesidades de la moral vigente hace treinta años?) y no es que no sea necesario tratar desde la escena este tipo de temas, lo realmente delicado es que, en aras de lo emergente, sean tratados desde la superficie, bajo la óptica de la moral reinante… bajo los dictados de una política cultural que busca tranquilizar su conciencia y que tendría que ser interpelada por docentes, padres de familia… niños.

Los que enseñamos, sabemos de qué va la educación… tenemos claro que se ha convertido en una carga onerosa para el Estado, no desconocemos que “maestros” y “educación” son palabras que generan un sudor frío que corre por la espalda del Poder, por la sensación de inminente peligro que despiertan. Ahora mismo, se ha impuesto una “reforma educativa” desde la cúspide del poder. Una reforma que no es otra cosa que una reforma laboral, inhumana y estúpida, al servicio de los intereses del Fondo Monetario Internacional, del Banco Interamericano de Desarrollo y demás monstruos financieros y el señor que la ha promovido (a quien no reconozco como mi presidente) “con miras a mejorar el nivel educativo de nuestra niñez”, es incapaz de recordar tres libros que hayan marcado su vida.

Ante el nebuloso panorama de la incongruencia ¿cuál será entonces la labor del teatro en los territorios de la infancia? La misma que ha tenido siempre en los tiempos oscuros: cantar…  y cantar fuerte la canción de la revelación y la rebeldía, compartirle a niñas y niños que el estado de cosas que están viviendo no siempre fue así y que puede cambiarse.

Pero la apuesta no es por el panfleto, por el mensaje directo y básico para convencer de una idea a nuestros jóvenes espectadores: el teatro para la infancia está obligado a la metáfora y, con ello, a la poesía… por más que, como les aseveró un funcionario de cultura en Colombia a unos amigos míos: “Los niños no entienden de metáforas”… ¿entonces, de qué entenderán? 
¿De ver televisión y guardar silencio? Si no entienden de metáforas ¿por qué cuando termina la función, los niños hablan de los miedos del personaje y no de las piedras o de las pelotas que les dieron cuerpo en la escena? ¿Por qué dibujan cíclopes gigantescos que en escena sólo eran sugeridos por cuatro objetos? 

Sí, uno de los grandes problemas de nuestro teatro para la infancia es que una vez que pasa del texto al hecho escénico, tiene que vérselas, muchas veces, con funcionarios que no funcionan y que ni siquiera entienden la dimensión de importancia que el teatro tiene para la infancia.

Político es el teatro que le habla al niño de lo que le compete y lo que le preocupa, que le comparte la experiencia de lo humano, que le revela su importancia dentro de la estructura social, pero sobre todo, que le revela, desde la escena,  sus derechos: a estar informado, a que se escuche su opinión, a vivir en condiciones dignas, a ser alimentado y protegido por los adultos, a ser salvaguardado de la violencia, a que su cuerpo y su pensamiento deben ser respetados. Un teatro que le traiga la realidad de otras infancias en el mundo, que lo mueva a desear cambiar la injusticia, las condiciones de desigualdad, que abra las puertas a la posibilidad.

No me engaño: la opinión del niño es, gran parte de las veces, la opinión de sus padres… la construcción de su individualidad y de su propia opinión tendría que ser otro de los acompañamientos de este teatro al que aspiro.

Pero no hablo desde la especulación ni como un ejercicio de mera retórica. Hablo desde mi experiencia. Tengo la inmensa fortuna de saberme acompañada por grupos como La Valentina, de Guadalajara, Jalisco. Un grupo al que admiro y respeto, pero sobre todo quiero muchísimo por su espíritu guerrero que me ha inspirado en más de un sentido y que me regaló una experiencia trascendental para el pensamiento que ahora ocupa mi reflexión en torno a lo que creo que el teatro para niños que escribo tiene que decir y cómo tiene que decirlo.

 En una de las zonas más pobres y marginales del estado de Jalisco, la población de Oblatos, minada por la violencia, el olvido y la pobreza, dieron una función de “Valentina y la sombra del diablo” No sé exactamente el tiempo que medió después de la función, pero la cuestión es que dos niñas, dos pequeñas espectadoras se armaron de valor para, cada una a sus respectivas madres, decirles “Mi papá, mi padrastro, me hace lo mismo que la sombra a Valentina”… sus madres, que contra toda estadística no se acomodaron en la complicidad,  levantaron las denuncias correspondientes y hoy, dos abusadores están en la cárcel.  Y a todos los que de alguna manera participamos, nos dio el regalo de experimentar como el teatro puede trasponer los límites que le impone la realidad, tocarla y cambiarla al menos para dos niñas que decidieron hablar tras ver una función. Y estoy segura que su decisión de hablar no sólo detuvo el abuso:  ahora ya saben que hablar es una manera de liberarse, de dejar de ser víctimas. Y para mí, esta acción fue un parte-aguas en mi búsqueda. No podría, ni como ocurrencia, volver a la escritura de textos de la evasión, no después de lo que el teatro me ha mostrado respecto a su capacidad para cambiar un estado de cosas.

Creo firmemente que el teatro es una de las experiencias humanas más potentes y, con todo, lo más que puede hacer es compartir, no enseñar ni enunciar verdades absolutas. El teatro para nuestras infancias debería renunciar a enseñar, es decir a señalar, a decir “esto es así y no de otra manera”…sería más potente si fuera un teatro que comparte, que entrena,  es decir que pide el movimiento de emociones e ideas, que provoca la acción, un teatro que invite al niño a correr junto con el. 

El teatro político no es un teatro de lo estático, es el teatro del cambio y de la pregunta… no es el teatro del consenso sino que admite y busca la diversidad en la reacciones y opiniones de los niños, no busca complacer al adulto ni convencer a las autoridades educativas de sus bondades, sino hablar de lo que al niño le interesa y le es necesario… incluso si es doloroso. La realidad espera fuera, hay que prepararse para navegar en sus aguas…peligrosas, sí, pero también asombrosas y deslumbrantes.

¿Y la risa, y los colores y los duendes y las hadas quedan exiliados de este teatro? No, porque  este teatro  no es la totalitaria república platónica. La risa y la fantasía son tremendas posibilidades si avanzan en el sentido de las necesidades y preocupaciones de  los niños… si las hadas y los duendes recuperan su calidad de imagen metafórica, sean bienvenidos…

Dice Primo Levy en su impactante testimonio como sobreviviente del exterminio nazi: “En el campo de concentración, los que obedecían en todo, los que procuraban pasar desapercibidos, los que no protestaban ni se metían en problemas, los que aceptaban el estado de cosas sin pestañear… eran los primeros en morir” … qué importante saberlo, desde un libro o desde la escena. Qué importante saberlo para mí como autora. Aspiro a escribir un teatro que le comparta al niño lo que Primo Levy me reveló: alinearse, conformarse, obedecer sin cuestionar… MATA. 

Nuestro arte olvida a menudo su sagrado carácter de revelación… y es que nosotros también olvidamos con frecuencia que las cosas no han sido así siempre y  que podemos cambiarlas… pero como me dijo un niño en la sierra de Sinaloa, el pequeño hijo de un sembrador de amapola y mariguana en una de las zonas más violentas del país: “Nos podemos deshacer del monstruo… pero tenemos que ser todos, todos juntos… si no, no se podrá”  (el monstruo, él no lo sabía, era la metáfora del narcotráfico con la que habíamos estado trabajando… pero su joven inconsciente sí que sabía de lo qué estábamos hablando).


Un teatro político y poético para la infancia, para compartirle el mundo con su horror y su belleza, siempre desde lo que le  interesa y necesita… que le revele, que lo mueva, que lo haga partícipe de lo que está pasando en su sociedad y en otras latitudes, con otros infantes. Esa es mi apuesta. 



(Imágenes de  algunos montajes de Valentina y la sombra del diablo - Teatro al límite, La Valentina teatro y Baúl de la fantasía-, El viaje de Ulises - La Valentina teatro y Teatro Xhanarati del Centro dramático de Michoacán y El Yeitotol, La cartelera teatro y Teatro Rocinante del Centro Dramático de Michoacán y de la bitácora de público de El viaje de Ulises, Michoacán.)
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Al son que nos toque Lope...

Debo comenzar con un acto de honestidad: detesto no tan cordialmente a Lope. No sólo por su recalcitrante misoginia (que, finalmente, era más producto de su tiempo que de su ideario ) tampoco lo detesto por esa soberbia ilimitada tan suya,  más culpa de quienes lo rodearon y que, sin empacho ni medida, decidieron llamarle "el fénix de los ingenios"... digo, tampoco Laura León es responsable de ser llamada "La tesorito" ni  Raphael "el ruiseñor de Linares". Esas cursilerías son todo producto de la mala prensa y  la fanaticada.

  Mi antipatía por Lope abarca su falta de generosidad, su egoísmo de órdago, su ausencia absoluta de humildad, su despótica envidia que lo llevó a hacer canalladas tales como echarle a perder un estreno a Juan Ruiz, en quien seguramente,  el no tan ingenioso Vega, a pesar de las crueles burlas que hacía de su persona, vio siempre un talento que amenazaba al reflector que caía sobre el suyo.

Amén de todo eso y otras minucias, Lope me cae mal, por mal creador... no se conformó con escribir unas diez obras maestras, con pulirse como autor y sacrificar cantidad por calidad, como lo hizo sin duda alguna Juan Ruiz (antecesor directo en eso de escribir poco pero profundamente de su tocayo Rulfo) o hasta el vasto Shakespeare.

Ah, no, no señor... Lope tenía que ser el más... y así se le fuera la vida y escribir con recetario, tenía que lograrlo... con recetario escribió, se calcó y se plagio a si mismo, repetidas veces, seguramente para poder vender su fama en forma de texto. Sólo él llega a extremos de tener 65 obras... ¡cuyo título comienza con la letra M!... y  77 cuyo nombre comienza con la P.... No hay quien lo lea completo y no termine empachado, vive Dios.

La dama boba del susodicho Lope es un catálogo de lugares comunes sobre lo que las mujeres son y deben ser, un prontuario complaciente con la moral en turno reinante en su tiempo (y todavía hoy se extiende a estos tiempos y latitudes ese pensar, cómo no). Tanto Nise como Finea resultan  irritantes en sus acartonados y polarizados estereotipos. Sólo Octavio, el sufriente padre es mesurado, porque como Lope, es hombre y ha madurado.

Pero bueno, que queden la vida y malas obras de Lope de lado... para hablar de como puede trasponerse al golfo............. es decir,  como puede ser Lope traspuesto al Golfo de México.

Anoche, por fin, vi Finea en el Papaloapan, que es la respuesta, gozosa e imaginativa, que da el Colectivo El Arce, campus Veracruz,  a la Dama Boba. Con el poder de síntesis de una obra oriental, pero pródiga en talento y en canciones, Finea es un remanso en donde sopla la brisa hacia ese pequeño Tlacotalpan A go gó.  La música llena el espacio, las voces arrullan como calor costeño... y  sí, el calor tropical llenaba el espacio, arrebatándole su esquemático frío al madrileño. Ignacio Escárcega, sin pudor ni empacho, le puso calzas de flores al españolito, lo proveyó de sesentero "jaibol" (para que se relajara) ... y fue a sentarlo al lado de una alberca en la que, en cualquier momento, parecía que iba a aparecer  Mauricio Garcés.

Gracias, queridos compañeros, por volver esa lluviosa noche, algo cálido como su generosa actuación. Todavía mi alma está tarareando esas canciones... Lope de Vega, deberías levantarte de tu tumba, tú que insolentemente  llamaste monstruo de las mil cabezas al público, para que veas las alturas que han alcanzado tu Nise y tu Finea... y quizás entonces, fueras capaz de dar las gracias

¡JA!



















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El respiro de los títeres...





Yo he sido una marioneta:un mendigo,un poeta, un peón y un rey; he estado arriba y abajo, adentro y afuera. Y sólo sé una cosa: cada vez que he caído de bruces, me he levantado y seguido mi camino.
Anónimo

Comenzó la fiesta de los títeres en Monterrey, en un Monterrey que se despierta bajo el sol deslumbrante de la calma tras aciagos días de aguas turbulentas. Llegan los titiriteros con su carga de sueños por la que tuvieron que pagar exceso de equipaje en algún aeropuerto. Así es la vida: uno siempre anda pagando el precio de soñar.

La casa de Elvia y César se abrió de par en par, su mesa se llenó de titiriteros, de charla, de ponerse al tanto unos de otros, de abrazos y café. En su hermoso museo, veo rostros conocidos, me son presentados rostros nuevos… y me vuelvo a preguntar ¿qué hago yo aquí? Yo nada sé de títeres y de artilugios… y tras deambular por la exposición, pequeña pero concentrada, sobre los delicados y complejos mecanismos de animación explorados por el orfebre Jorge Vega, más me doy cuenta de lo mucho que ignoro sobre estos seres frágiles y misteriosos.


Y todo es culpa de Franco Vega, pero también de Elvia Mante y de César Tavera que hicieron lo posible porque yo estuviera en Querétaro primero y Monterrey después. Y me descubro fascinada por los títeres, atrapada entre una red de hilos, capturada para siempre por la seductora mirada de un hermoso príncipe asiático que vive en la casa de Diego Ugalde.


Espero en la terminal, llueve a cántaros… el autobús no puede salir. Una señora me pregunta a dónde voy … cuando se entera, me mira con azoro ¿a qué voy a una ciudad hundida en el agua? Y expresa su deseo de que el agua purificadora, al menos haya arrasado con los narcolaboratorios y el crimen. No será la única que desee eso, me digo. Pero ni Monterrey está arrasada ni permanece bajo las aguas.

Unos días después es que pude pasar cerca de donde golpeó más fuerte la desgracia. Pero es una ciudad fuerte y se levanta de su caída. Hay un cáncer peor que la enferma y del que nadie habla en voz alta. Monterrey tiene miedo. Los títeres son un respiro. Por eso los titiriteros se reúnen, porque saben que llevan en sus manos las metáforas del mundo, porque pueden contar historias en las que las sombras charlan y comprenden y también comprendemos los que vemos del otro lado del teatrino.

Todos tenemos el mismo rango ante Dios:
somos sus títeres y para él no hay mejor
ni peor, ni primero ni último.
Robert Browning

Comparto habitación con una nicaragüense aguerrida y toda ella energía. Francisca Miranda, investigadora del CITRU, se vuelve, por unos días, mi entrañable vecina. Platicamos sin parar, reímos todo el tiempo hasta altas horas de la madrugada. Francisca es un remolino de risas y simpatía, una mujer brillante y también, otra más que un día, súbitamente, se descubrió atrapada por el embrujo de los títeres.

Larraitz y Rodolfo, que han atravesado México desde Guatemala, enfrentando lo que se enfrenta en tres días de viaje, caminan juntos por la vida, sus marionetas de carne viven de la conjunción de sus cuerpos y engendran al faquir y nos cuentan que caperucita y el lobo están, en realidad, enamorados… como ellos. La fiesta sigue… vemos películas por la noche, en las mesas de la cena ya se empieza a bromear con la bestia. Quizá necesitemos un estacionamiento de bestias para el próximo encuentro.

Y llega la inefable, la mágica Marcela del Río a seducirnos a todos con su espectáculo intensamente femenino. Me conmueve ver en escena lo que se revisó en Querétaro sobre la metonimia, celebro sus hallazgos, nado en sus textos confiando en que rosa de los vientos me lleve a nuevas playas.

En el taller, caminos olvidados se vuelven a transitar. Se quita al polvo a viejos armarios, a pelotas olvidadas, a monedas perdidas. Sacamos a pasear a la bestia, conversamos con ella. Descubrimos bajo sus cicatrices, la intensa belleza que posee. Pilar y Armando, de Chihuahua, me preguntan, me alcanzan saliendo del taller. Quieren un montón de respuestas que, por desgracia no tengo. Pero qué bueno que estén llenos de dudas, que anhelen explorar otros territorios, no conformarse con ser menos que artistas.


Y los jóvenes del grupo, los “merequetengos” de Veracruz, con su alegría y su juventud, se encargaron de poner el desorden en el taller, de pasar los papelitos, de gastar bromas, de sacar paraguas cuando había dejado de llover. Pronto fundaremos el club de fans de Doña Barbarita de Sifón.Por las noches vemos películas.

A unas calles, un grupo de hombres intercambia balas. El mundo está cada vez más poblado por la sombra colectiva. El arte es una de las pocas acciones humanas que tiene la fuerza para cambiarlo porque conoce el idioma de la bestia y las secretas palabras que podrían apaciguarla.

Vengan, niños, coloquemos los títeres
dentro y cerremos la caja, que nuestra
comedia ha finalizado.
William Makepeace Thackeray

Entre los actos de cierre en el aula magna se presentó el catálogo de la casa de los títeres, otro logro más de Elvia y César. Sus títeres ya son historia. Brindamos por ello, comienzan las despedidas. Se acerca el cierre y lo sabemos, las libretas para anotar un correo o un teléfono circulan a todas horas, las fotos se hacen a la menor provocación.

Por la noche, Colombia presenta su hermoso espectáculo. No paramos de reír con los desplantes de una muerte vanidosa y con arranques de diva, con el poder evocador de las atmósferas logradas. Magdalena, Francisco y Sergio se llevan un merecido y nutrido aplauso. Hubo títeres, como dijeron Lourdes y Jorge. Celebremos eso.

Esa noche muchos parten… y no hay despedidas tristes, sino gozosas. Los titiriteros, lo he dicho desde que los conocí, son la rama amable de la extensa familia teatrera, una familia que por lo demás, suele practicar la antropofagia endogámica. Esta parte de la familia es casi vegetariana.

Tenemos nuestra última noche sevillana, en el patio de la casa de los títeres bajo un limonar que quisiera dormir, pero no lo dejamos y nos lanza zancudos para ver si nos vamos. Los abanicos se agitan mientras las cervezas circulan y se comentan los trabajos de la víspera. La última noche es animada por el saxofón del esposo de Mayra que generosamente cierra nuestra fiesta.

Y es el momento de hablar de los de casa. Los incansables Angélica y Toño que corriendo de un lado a otro hicieron posible que el encuentro avanzara a buen puerto, sin dejar de sonreír un momento. Ahí estuvo Luis, quien protagonizó un momento mágico en el taller y lidió con mi abanico. Y Mayra y Nelly que saltando obstáculos estuvieron en todo.
Sandra fue la asistente becada. Y en sus comentarios, en su mención constante de su último trabajo, se notan sus ganas de haber participado más activamente en el Festibaúl... ya habrá oportunidad de que Quetzalcóatl viaje a Monterrey. Franco parte a Querétaro con su cargamento de titiriteros.

Al otro día el espectáculo sobre el bicentenario de Crearti y la asistencia de un nutrido grupo infantil fue revelador: los niños, como los adultos de este país, estamos escindidos: en la pelea entre un títere realista y uno independentista, había vitores para España y para México. El teatro no es el lugar para el consenso y no se puede tapar el sol con un dedo: hay familias que no se sienten parte de esta Patria. Y así es la cosa.


La tarde del último día comimos tamales, hicimos una larga y amena sobremesa. Repasamos los momentos vividos, tomamos café preparado por Lulú. Nos despedimos. Cerramos la caja y morimos un poco. Me llevo el amor que profesan a su arte estos admirados titiriteros. Todos ellos.

En la terminal, pasan policías con perros buscando droga. Dos hombres con el pelo a lo militar y aire misterioso aguardan el autobús a Guadalajara ¿serán zetas? Y descubro que me traje el miedo regio en la maleta. Y descubro que el miedo común me vuelve a hacer uno con una patria que llevo en el corazón porque ya no puedo
fundarla fuera: no hay donde plantar banderas porque todo es territorio narco.

Bueno, al menos por cinco días los títeres fueron un respiro.Dentro del autobús, una pequeña sombra sale corriendo debajo de mi asiento ¡una rata! No… un cachorrito que alguien subió de contrabando. Lo tomó en mis manos, juego con él. Lo regresó al adolescente que asustado teme que el chofer se dé cuenta. Y me acuerdo de Filomena, que dejó su huella imborrable en todo el que tuvo la temeridad de acariciarla.

Y me acomodo para intentar dormir… y cuando ya está todo obscuro, algo me hace voltear hacia la parte posterior del autobús: Una imagen que apenas unos días había visto en una película me paraliza, porque al verla, comprendo. Los rostros de tres o cuatro personas que navegan en la red por medio del celular o una computadora están iluminados fantasmalmente, justo como los rostros cubiertos por una pantalla de Ink. El rostro de las pesadillas. Desisto de navegar y prefiero acomodarme para dormir… y soñar con títeres, con el largo, fresco, vivo respiro de los títeres.
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