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Escriba lo que escriba...

Escribir cansa...por eso descanso escribiendo. Escribir marea...por eso me agarro de las orillas de las palabras. Escribir compromete... por eso me divorcio por renglones. Escribir duele... por eso compro analgésicos genéricos. Escribir ciega... por eso no pierdo de vista a las letras. Escribir aisla... por eso camino sobre cables de alta tensión. Y por eso,haga lo que haga, escriba lo que escriba, soy mis letras.

Hacia un teatro político para la infancia

Ponencia presentada durante el IV Coloquio mundial de especialistas en dramaturgia infantil
Bogotá, Colombia, octubre de 2013


Quiero compartirles, no lo que ha sido la experiencia de escribir teatro para niños, sino lo que el teatro para niños puede lograr: Lo primero, cambiar un punto de vista… el mío propio. Quiero contarles lo que el teatro para niños ha cambiado en mi pensamiento como autora y, finalmente, compartirles mi tránsito desde lo que llamo el teatro de la evasión hasta llegar a pensar en la posibilidad de un teatro político específico para la infancia.

Sé que la sola enunciación de las palabras “teatro” y “política” parecieran un oxímoron, una suerte de contradicción chocante... pero si le sumamos la palabra “niño” o “infancia” aquello se convierte en una  obscenidad ¿Qué tiene que ver el teatro infantil, ese  inocente divertimento -"formador de valores", "útil herramienta pedagógica"- con la política?  ¿Por qué ensuciar con esa horrible palabra a tan  preclaro arte? ¿Para qué mover las aguas?  ¡Tan lindo que es ese mundo mágico al que solamente tienen boleto de entrada los colores, las hadas, los gnomos, la ecología, alguna bruja inocua y una que otra leyenda! ¿O será que esta idea del teatro infantil, la que ha prevalecido por décadas, es la que el adulto ha decidido que es la que mejor conviene a la infancia? ¿Y los niños? ¿Y sus necesidades? ¿Y los principios fundamentales en los que se apoya la Convención mundial? Papeles y letra muerta en las agendas culturales, gubernamentales, legislativas y educativas de los Estados… pero lo peor: las necesidades de los niños ignoradas en el teatro que se escribe para la infancia.

Y es aquí donde quiero comenzar con una suerte de proclama en pro de un teatro político para la infancia: El derecho del niño a la diversión, misma  que el adulto ha confundido como la obligación de proporcionar al niño mecanismos para la evasión.


Divertir no es lo mismo que evadir. La diversión transita el camino alterno de la cotidianidad para comprenderla mejor. La evasión evita confrontar la realidad, y lo hace desde la mentira. La mentira de un teatro que le promete al niño un mundo seguro y feliz… pero el problema con esta promesa es que, al terminar la función, al salir del teatro, la realidad estará afuera, esperándonos a todos, adultos y niños. Y de ella no nos libra ni la varita mágica del más grueso calibre.

En un mundo donde, según el informe de UNICEF, cada año, 275 millones de niños y niñas en el mundo sufren violencia en sus propios hogares, es decir, entre 4 y 8 de cada 10 niños según país que les toque vivir... ¿Con qué cara se escribe una obra en donde los padres son hadas y reyes que protegen a sus pequeños y todo es felicidad, canciones y flores? Esa es una suerte de traición, porque así como la televisión se lo hace a los adultos, el teatro estaría ignorando olímpicamente una realidad que duele y que se sufre con cifras indignantes. El teatro de la evasión se convierte en un mero distractor, en un teatro que no le habla al niño de lo que le sucede, de sus emociones más fuertes y profundas, y peor todavía: de lo que necesita saber para no volverse víctima.

Pero más deleznable que el teatro traidor, es la existencia de otro teatro al que no le importa hacerse cómplice de un sistema que somete y violenta. Un teatro que, por ignorancia, por flojera o porque sabiéndolo,  prefiere no meterse en problemas con los padres de familia, que son, a final de cuentas, los que pagan la entrada… o con maestros y autoridades, que son los que deciden qué obra deben ver los niños de acuerdo a las políticas culturales en boga o bajo los dictados de su propia moral.

Y entonces, nace el teatro sicario: una suerte de brazo armado de cierto sector del sistema educativo, más preocupado por ponerle una “palomita” al plan cumplido que por las necesidades de su alumnado. Burócratas felices en convertir a niñas y niños en obligados espectadores del peor teatro teñido de falsa pedagogía, repleto de mensajes edificantes que en nada le competen a la infancia: “Cuida a la naturaleza”… ¡qué enorme tarea la de hacerse cargo de cuidar los bosques, limpiar los ríos, no contaminar, usar sustentablemente la riqueza natural, etc, etc…!  Tan enorme que ni el conjunto de adultos que somos en el mundo, lo hemos logrado… ¡pero claro, siempre es más fácil lanzar la responsabilidad sobre los hombros de la generación en ciernes! “Cambia al mundo” le instruye este teatro al niño… y yo me pregunto ¿cómo?... ¿Lo hemos cambiado los adultos? Desde hace por lo menos tres  décadas tenemos ese discurso presente en la educación y en el teatro…y las cosas empeoran en la naturaleza.

La primera condición para cambiar al mundo es creer que se puede hacerlo y luego poner manos a la obra para cambiarlo. No podemos pensar en un cambio del mundo si se sigue educando a los niños para la esclavitud y el conformismo, para portarse bien sin cuestionar, para seguir los mismos patrones de conducta que nos han llevado al punto en donde estamos como sociedad, no se puede cambiar nada desde  continuidad de sistemas sociales inhumanos y totalitarios. El teatro no puede volverse cómplice de esto.

 El teatro sicario, además, se mueve en los cómodos territorios de los temas de moda en el ámbito escolar. Hace una década era el VIH y el aborto… lo de hoy es el bullying y las adicciones, que siempre venden. Y con el tinte de lo necesario, los temas se vuelven botín de este teatro, más preocupado por generarse recursos que por acudir a la niñez como su aliado. Temas, formas y vicios que se replicarán en el aula bajo la batuta de un maestro bien intencionado y preocupado que, también, creerá necesario hablar al niño de temas que edifiquen y “formen valores”  (A todo esto ¿qué valores? ¿Los de la clase gobernante? ¿Los que correspondían a las necesidades de la moral vigente hace treinta años?) y no es que no sea necesario tratar desde la escena este tipo de temas, lo realmente delicado es que, en aras de lo emergente, sean tratados desde la superficie, bajo la óptica de la moral reinante… bajo los dictados de una política cultural que busca tranquilizar su conciencia y que tendría que ser interpelada por docentes, padres de familia… niños.

Los que enseñamos, sabemos de qué va la educación… tenemos claro que se ha convertido en una carga onerosa para el Estado, no desconocemos que “maestros” y “educación” son palabras que generan un sudor frío que corre por la espalda del Poder, por la sensación de inminente peligro que despiertan. Ahora mismo, se ha impuesto una “reforma educativa” desde la cúspide del poder. Una reforma que no es otra cosa que una reforma laboral, inhumana y estúpida, al servicio de los intereses del Fondo Monetario Internacional, del Banco Interamericano de Desarrollo y demás monstruos financieros y el señor que la ha promovido (a quien no reconozco como mi presidente) “con miras a mejorar el nivel educativo de nuestra niñez”, es incapaz de recordar tres libros que hayan marcado su vida.

Ante el nebuloso panorama de la incongruencia ¿cuál será entonces la labor del teatro en los territorios de la infancia? La misma que ha tenido siempre en los tiempos oscuros: cantar…  y cantar fuerte la canción de la revelación y la rebeldía, compartirle a niñas y niños que el estado de cosas que están viviendo no siempre fue así y que puede cambiarse.

Pero la apuesta no es por el panfleto, por el mensaje directo y básico para convencer de una idea a nuestros jóvenes espectadores: el teatro para la infancia está obligado a la metáfora y, con ello, a la poesía… por más que, como les aseveró un funcionario de cultura en Colombia a unos amigos míos: “Los niños no entienden de metáforas”… ¿entonces, de qué entenderán? 
¿De ver televisión y guardar silencio? Si no entienden de metáforas ¿por qué cuando termina la función, los niños hablan de los miedos del personaje y no de las piedras o de las pelotas que les dieron cuerpo en la escena? ¿Por qué dibujan cíclopes gigantescos que en escena sólo eran sugeridos por cuatro objetos? 

Sí, uno de los grandes problemas de nuestro teatro para la infancia es que una vez que pasa del texto al hecho escénico, tiene que vérselas, muchas veces, con funcionarios que no funcionan y que ni siquiera entienden la dimensión de importancia que el teatro tiene para la infancia.

Político es el teatro que le habla al niño de lo que le compete y lo que le preocupa, que le comparte la experiencia de lo humano, que le revela su importancia dentro de la estructura social, pero sobre todo, que le revela, desde la escena,  sus derechos: a estar informado, a que se escuche su opinión, a vivir en condiciones dignas, a ser alimentado y protegido por los adultos, a ser salvaguardado de la violencia, a que su cuerpo y su pensamiento deben ser respetados. Un teatro que le traiga la realidad de otras infancias en el mundo, que lo mueva a desear cambiar la injusticia, las condiciones de desigualdad, que abra las puertas a la posibilidad.

No me engaño: la opinión del niño es, gran parte de las veces, la opinión de sus padres… la construcción de su individualidad y de su propia opinión tendría que ser otro de los acompañamientos de este teatro al que aspiro.

Pero no hablo desde la especulación ni como un ejercicio de mera retórica. Hablo desde mi experiencia. Tengo la inmensa fortuna de saberme acompañada por grupos como La Valentina, de Guadalajara, Jalisco. Un grupo al que admiro y respeto, pero sobre todo quiero muchísimo por su espíritu guerrero que me ha inspirado en más de un sentido y que me regaló una experiencia trascendental para el pensamiento que ahora ocupa mi reflexión en torno a lo que creo que el teatro para niños que escribo tiene que decir y cómo tiene que decirlo.

 En una de las zonas más pobres y marginales del estado de Jalisco, la población de Oblatos, minada por la violencia, el olvido y la pobreza, dieron una función de “Valentina y la sombra del diablo” No sé exactamente el tiempo que medió después de la función, pero la cuestión es que dos niñas, dos pequeñas espectadoras se armaron de valor para, cada una a sus respectivas madres, decirles “Mi papá, mi padrastro, me hace lo mismo que la sombra a Valentina”… sus madres, que contra toda estadística no se acomodaron en la complicidad,  levantaron las denuncias correspondientes y hoy, dos abusadores están en la cárcel.  Y a todos los que de alguna manera participamos, nos dio el regalo de experimentar como el teatro puede trasponer los límites que le impone la realidad, tocarla y cambiarla al menos para dos niñas que decidieron hablar tras ver una función. Y estoy segura que su decisión de hablar no sólo detuvo el abuso:  ahora ya saben que hablar es una manera de liberarse, de dejar de ser víctimas. Y para mí, esta acción fue un parte-aguas en mi búsqueda. No podría, ni como ocurrencia, volver a la escritura de textos de la evasión, no después de lo que el teatro me ha mostrado respecto a su capacidad para cambiar un estado de cosas.

Creo firmemente que el teatro es una de las experiencias humanas más potentes y, con todo, lo más que puede hacer es compartir, no enseñar ni enunciar verdades absolutas. El teatro para nuestras infancias debería renunciar a enseñar, es decir a señalar, a decir “esto es así y no de otra manera”…sería más potente si fuera un teatro que comparte, que entrena,  es decir que pide el movimiento de emociones e ideas, que provoca la acción, un teatro que invite al niño a correr junto con el. 

El teatro político no es un teatro de lo estático, es el teatro del cambio y de la pregunta… no es el teatro del consenso sino que admite y busca la diversidad en la reacciones y opiniones de los niños, no busca complacer al adulto ni convencer a las autoridades educativas de sus bondades, sino hablar de lo que al niño le interesa y le es necesario… incluso si es doloroso. La realidad espera fuera, hay que prepararse para navegar en sus aguas…peligrosas, sí, pero también asombrosas y deslumbrantes.

¿Y la risa, y los colores y los duendes y las hadas quedan exiliados de este teatro? No, porque  este teatro  no es la totalitaria república platónica. La risa y la fantasía son tremendas posibilidades si avanzan en el sentido de las necesidades y preocupaciones de  los niños… si las hadas y los duendes recuperan su calidad de imagen metafórica, sean bienvenidos…

Dice Primo Levy en su impactante testimonio como sobreviviente del exterminio nazi: “En el campo de concentración, los que obedecían en todo, los que procuraban pasar desapercibidos, los que no protestaban ni se metían en problemas, los que aceptaban el estado de cosas sin pestañear… eran los primeros en morir” … qué importante saberlo, desde un libro o desde la escena. Qué importante saberlo para mí como autora. Aspiro a escribir un teatro que le comparta al niño lo que Primo Levy me reveló: alinearse, conformarse, obedecer sin cuestionar… MATA. 

Nuestro arte olvida a menudo su sagrado carácter de revelación… y es que nosotros también olvidamos con frecuencia que las cosas no han sido así siempre y  que podemos cambiarlas… pero como me dijo un niño en la sierra de Sinaloa, el pequeño hijo de un sembrador de amapola y mariguana en una de las zonas más violentas del país: “Nos podemos deshacer del monstruo… pero tenemos que ser todos, todos juntos… si no, no se podrá”  (el monstruo, él no lo sabía, era la metáfora del narcotráfico con la que habíamos estado trabajando… pero su joven inconsciente sí que sabía de lo qué estábamos hablando).


Un teatro político y poético para la infancia, para compartirle el mundo con su horror y su belleza, siempre desde lo que le  interesa y necesita… que le revele, que lo mueva, que lo haga partícipe de lo que está pasando en su sociedad y en otras latitudes, con otros infantes. Esa es mi apuesta. 



(Imágenes de  algunos montajes de Valentina y la sombra del diablo - Teatro al límite, La Valentina teatro y Baúl de la fantasía-, El viaje de Ulises - La Valentina teatro y Teatro Xhanarati del Centro dramático de Michoacán y El Yeitotol, La cartelera teatro y Teatro Rocinante del Centro Dramático de Michoacán y de la bitácora de público de El viaje de Ulises, Michoacán.)
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